El cuadrado y sus aventuras

Elizabeth Becerra Ramos
Lic. Matemáticas, UNAM, 20.. Dra. Matemática Educativa, Cinvestav, 20..
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Un cierto día, en el recreo, en aquella escuela donde estudian las figuras, jugaban contentos, rectángulos, círculos, triángulos, y otras figuras como rombos, pentágonos y hasta figuras con diez lados; pero faltaba una, el cuadrado.

Ahí, escondido tras un árbol, tomando su almuerzo, triste y cabizbajo, estaba un cuadrado. Una hormiga, que se escondía de sus hermanas para no trabajar, lo vio y se le acercó.
– ¿Por qué estás tan triste? ¿Por qué no juegas con tus compañeros?
– Déjame en paz. Seguro también te burlarás de mí.
– Claro que no. Cuéntame, ¿qué te sucede?
– Los demás no me quieren y no quieren jugar conmigo.
– Pero, ¿por qué?
– Porque soy distinto a ellos.
– No es verdad, mira. Ve con ese grupo de allá. Verás que quieren jugar contigo.
– No insistas, siempre pasa lo mismo.
– Anda ve. Ese rectángulo se ve muy amable y ese círculo muy sonriente.

Ante la insistencia de la pequeña hormiga. El cuadrado temeroso se acercó a un grupo de compañeros. Había un rectángulo, un círculo y tres triángulos, que parecían iguales, pero eran distintos.

– Hola, ¿quieren jugar conmigo? – Los chicos lo miraron y se carcajearon.
– Jajajaja. ¿Nosotros jugar contigo? Jajá jajá – dijo el rectángulo y los demás se burlaban. – Nadie te quiere porque eres muy chistoso. Jajaja.
– También soy una figura – dijo el cuadrado.
– Sí, Pero fea. Juju – dice el círculo.
– ¿Por qué dicen eso? – pregunto el cuadrado, a punto de llorar.
– Vete, eres gordo y chaparro. No como yo, alto y delgado – dijo el rectángulo muy serio.
– No eres bello y redondo como yo – dijo el círculo.
– No tienes muchos hermanos distintos como yo – dijo el triangulo de los lados iguales, mientras sus hermanos, los de lados distintos, se reían de él – Jejeje, jajaja.
– Está bien, ya entendí. – Entonces, el cuadrado regresó al árbol. Más triste de lo que estaba.
– Lo ves – le dijo a la hormiga – No me quieren por diferente.
– La verdad a mi tampoco me quieren, porque, aunque soy idéntica a mis hermanas, yo no quiero ser una hormiga obrera. ¡Ya sé como te animarás! ¡Acompáñame!
– Pero tengo que regresar a la clase.
– No te preocupes. No notarán tu ausencia y adonde te voy a llevar aprenderás mucho más.
– Bueno. Pero regresamos antes de la salida.
– Sí.
El cuadrado siguió a la pequeña hormiga. Ella conocía una salida secreta.
– Vamos no te atrases.
Al fin llegaron. Era una casa enorme, pero pintada con dibujos por fuera.
– ¿Dónde estamos? – pregunto el cuadrado asombrado.
– Los humanos lo llaman jardín de niños.
– ¿Niños? Me dan miedo los niños. Dicen que son malos.
– Jejeje son traviesos, pero, no son más malos que tus compañeros.
– Mira, observa lo que hacen.
– ¡Tienen a cuadrados como yo! ¡Y juegan con ellos!
– Ven, vamos a sentarnos ahí. Para que veas lo que hacen.

Se sentaron a observar lo que hacían los niños.
– ¡Mire, maestra yo hice un pañuelo!
– ¡Muy bien! ¿Cómo le hiciste?
– Doblé así, a la mitad.

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– ¡Maestra! ¡Maestra! Yo hice una casa.
– A ver muéstranos como le hiciste.
– Primero doblé a la mitad. Así.

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– Luego desdoblé.

 

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– Después doblé las esquinas así.

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– Luego la otra. Por último pinté su puerta y sus ventanas.

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– ¡Que bonita casa!
– ¡Yo! ¡Yo!
– Tú. ¿Qué hiciste? ¿A ver?
– Yo hice un perro.
– Enséñanos.
– Usé dos cuadrados. Primero doblé a la mitad uno de ellos. Para hacer el cuerpo.
– ¿Cuál mitad?
– Como la del pañuelo.

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– Bien, ¿y luego?
– Doblamos una esquina para hacer su cola.
– Dibujamos sus patas.
– Y recortamos.

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– ¡Nooo! – gritó la maestra, y al mismo tiempo gritó el pequeño cuadrado que observaba desde lejos.
– ¿No? ¿Qué?
– Dijimos que no se valía cortar al pobre cuadrado.
– Pero este perro será mi amigo por siempre.
– ¿Seguro que lo cuidarás?
– Sí.
– Entonces, sigue explicando.
– Después de que cortamos nos queda así.

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– Ahora hacemos la cabeza. Doblamos a la mitad pero al revés.
– ¿Cómo que al revés?
– Sí, así.

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– ¡Ah! Ya entendí.
– Que bueno. Marcamos bien el doblez, después desdoblamos.

 

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– Después doblamos la esquina de abajo, hacia dentro.

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– Ajá, ¿y luego?
– Volvemos a doblar a la mitad, como antes.

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– Ya casi está listo. Sólo faltan las orejas y los ojos. Se que no le va a gustar. Pero volveremos a cortar.
– No me gusta. Pero prometiste cuidarlo. ¿Qué hay que cortar?
– Desdoblamos otra vez, y cortamos por la línea de en medio.
– Volvemos a doblar a la mitad.

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– Doblamos sus orejas.

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– Por último, pintamos sus ojos y nariz.

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– ¡Muy bien! Si parece un perro.
– Sólo falta unir la cabeza y el cuerpo.

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– ¡Listo! Ya tengo a mi amigo el perro. Se llamará Pupi.
– Está bien. Pero procura no cortar ni pegar a los pobres cuadrados. Bueno. Mañana seguimos revisando las demás figuras. Guarden sus cosas, que ya va a sonar la chicharra.
Ahí, escondidos, el cuadrado y la hormiga observaron las figuras que formaron los niños.
– ¡Viste eso! – dijo el cuadrado asombrado.
– No te preocupes. De veras ese niño cuidara de ellos.
– No. Eso no. Los niños juegan con los cuadrados y hacen figuras con ellos. Entonces. Yo me puedo transformar en todas esas cosas.
– Así es, mi querido amigo. No eres una figura cualquiera, pensé que te había asustado el corte.
– No. Si un niño me transformara en perro y me adoptara, como su amigo yo sería muy feliz. No importa si me corta.
– Mejor vámonos que ya es tarde.
– Es verdad. Si llega mi mamá, y no me ve, se asustará.

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– Mañana volveremos. A esta hora los niños hacen figuras de papel.
– Vámonos.
En cuanto llegaron a la escuela de las figuras, se despidieron. Tenían que volver a sus casas.
– Nos vemos mañana pequeña hormiga.
– Sí. Hoy tengo que volver a trabajar.
– Perdona. Tú tenías que trabajar y te quité el tiempo.
– No te apures. Yo aprendí mucho hoy. Ahora trabajaré extra. Pero siempre que se aprende algo nuevo vale la pena. Además tengo un nuevo amigo. ¡Nos vemos!
– Si, ¡Hasta mañana! ¡Gracias!
Volvieron a sus casas. Y el cuadrado se fue muy contento. Aprendió mucho en un pequeño rato. Y además tenía una nueva amiga.

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